Casos Clínicos

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Sevilla, Huelva, El Rompido, Andaluz.
Licenciado en Medicina y Cirugía. Frustrado Alquimista. Problable Metafísico. El que mejor canta los fandangos muy malamente del mudo. Ronco a compás de Martinete.

EL ROMPIDO (2).




Es en estas fechas de final de agosto y septiembre cuando La Luz da nombre cierto a esta costa.

Luz pálida de las primeras horas de la mañana, cuando las aves acuáticas chillan de alegría señoreando en la marisma que huele a salitre y fango de nuevo.

La ría al amanecer esta bañada de plata y solo algunos barcos de pesca rompen el espejo de sus aguas.

La mañana se va llenando de luz azulona, se ve la mar con claridad y el diferente tono del agua distingue los bajos de los caladeros.

Luz cálida del medio día que hace dormir al cangrejo barrilete ya sin asustarse de los motores revolucionados de agosto.

Luz luminosa y esplendorosa de la tarde cuando se realzan los colores y se hacen especiales los contrastes del cielo y el mar dibujando el horizonte con precisión.

Se acentúan los contrastes.

El contraste precioso de las ruinas de la almadraba y el verde de los pinos que la asfixian, entre las matas de retamas y el blanco de las dunas de enfrente.

El contraste del agua remansada de la ría y el espejo de los barcos fondeados, ya tranquilos.

El contraluz de la silenciosa tarde con los rezagados turistas paseando por el muelle pesquero esperando que caiga el sol anaranjado por los médanos y los caños de Cartaya, que aguardan para robarle un poco de luz y vida con las máquinas de fotos.

De los pinos de la forestal viene soplando una brisa refrescante que calma más el ánimo del paseante. 

Los aires claros de la tarde hacen mas fácil la respiración y el paseo es mas agradable, mas lento, mas largo, mas beneficioso.

Ya quedan pocos turistas.

Los veraneantes de siempre conocen los tiempos y las costumbres de la gente de la mar, respetan sus horarios y sus calendarios.

En las puertas de las casas del pueblo se vuelven a sentar las familias rompieras a tomar el fresco, a remendar un paño de red, a ver pasar a la gente. 

Hacen vida en el exterior de las casas, hasta en invierno, reunidos alrededor del brasero de cisco picón.

Cuando llega la noche y se encienden las farolas y las luces de los restaurantes y huele pescados asados y a fritura, los paseantes se sientan tranquilamente a disfrutar de los tesoros de la mar.

De noche se oyen a veces las olas de la mar, cuando el viento del sur salpica sal en las fachadas blancas.

En la madrugada silenciosa un perro se arrasca enroscado a la puerta de una casa, no ladra, no quiere despertar a los marineros.

Sabe que pronto lo subirán a una patera y luego al pesquero que saldrá a faenar.

La luna no se pierde una.



2 comentarios:

  1. DE ALLÍ VENGO AHORA Y ES TAL Y COMO LO DESCRIBES.-
    Porque tengo la suerte extraordinaria que vivo en Cartaya, mi pueblo blanco que huele a pinos y a campo marismeño, a secano y a fruta.
    Ocho Kilometros separan la puerta de mi casa de Cartaya de la orilla de la ría, cuarenta metros la de mi casa de El Rompido a ésa orilla de siempre.
    Cuando esteis éste invierno en Sevilla, iré, veré mi casa, a mi hermano Fernando y a Marta, y me asomaré a mi rincón solitario, donde la marisma exhala olor y silencio....donde todo lo veo y lo recuerdo, ya os contaré..
    Siempre está ahí..
    Lourdes.-
    Lourdes.-

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  2. Envidia. De poderlo vivir y saber contarlo tan bien.
    Saludos

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