Casos Clínicos

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Sevilla, Huelva, El Rompido, Andaluz.
Licenciado en Medicina y Cirugía. Frustrado Alquimista. Problable Metafísico. El que mejor canta los fandangos muy malamente del mudo. Ronco a compás de Martinete.

Academia IFAR.

El año 1973 termine mi segundo año de sexto de Bachillerato en el Colegio Alfonso X El Sabio, con muy buenas notas, por lo tanto me pegué otro veranazo impresionante. El 1 de Julio de ese año cumplí 17 años. Fue un verano de todo el día en la playa, muchas puestas de sol en la otra banda, mucho amor, muchos coches de amigos y muchas y largas noches en todos los chiringuitos de la costa de Huelva.
Mis padres decidieron que estudiara COU en la Academia IFAR, una especie de Instituto privado en el centro de Sevilla, una casona muy grande del siglo XVIII, que ahora es el Museo de Flamenco de Cristina Hoyos. No recuerdo un sitio donde hiciera mas frío en mi vida.
El Director y Jefe de Estudios era un señor que mi padre me presento muy solemnemente llamado Don José Olivares, creo recordar. Nos daba clase además de Educación Política, o algo así.
Os diré que de mi paso por la Academia IFAR guarde quizá los mejores recuerdos de toda mi juventud. Y tengo sobrados motivos para ello.
Las clases se daban por la mañana entre las ocho y las tres de la tarde. Creo que alguna tarde teníamos clases sueltas. Era mixto de mujeres y hombres en la misma clase, para mi una nueva experiencia. Aunque la asistencia a clase era obligatoria, no había un estricto control diario y pocas veces pasaban lista de los asistentes. En las horas libres salíamos a desayunar a los bares cercanos o a tomar unas cervezas y tapas. Los viernes por las tardes y los sábados organizábamos “botellonas” en una especie de sótano-bar que nos cedían a los alumnos…¡todo un lujo!
Yo iba y volvía a diario andando desde mi casa de Eduardo Dato, subía el puente de San Bernardo, cruzaba el barrio de Santa Cruz y llegaba en treinta minutos mas o menos. No soy hombre de madrugar muchos días seguidos por lo que la primera clase de la mañana empecé a prescindir de ella (con gran pesar en mi corazón…). A última hora dábamos la clase de Inglés, muy mala hora para mi dada mi costumbre de tomar el aperitivo a base de varias cervezas poco después del Angelus…
Aunque cuando llegué no conocía a mis compañeros de clase, pronto hice buenos amigos y amigas con los que compartí muchas horas durante aquel inolvidable año. Tengo que acordarme de mi compañero y desde entonces gran amigo Antonio de la Cuesta Valiña, que parecía tímido y apocado y era un peligro en el mejor sentido de la palabra.
 Si a media mañana salía el sol, lo que nos apetecía era quedarnos como lagartos, sentados en la puerta cogiendo calorías, fumando un cigarrillo y luego ir a tomar unas cañas al Bar que estaba junto a la Academia de Nuevas Profesiones a ligar un ratito. Antonio era (y es) famoso en Sevilla por lo guapo que es el hijo de la grandísima… mi menda se pegaba a él como una lapa, y era el que hablaba y rompía el fuego con las “azafatas”…
Otros días, al cruzar por las mañanas la Plaza de Doña Elvira, me quedaba escuchando a los jipis tocar la guitarra y la flauta, y a veces se me pasaban sin querer dos o tres clases… ¡cosas que pasan!
El nivel de los profesores era excelente. Doña Sara, una buena señora con su gran moño rubio, que enseñaba con muchísimo interés Lingüística y Literatura. Creo que pocas veces en su vida se reía como lo hacía con mis ocurrencias y preguntas…
Un fenomenal profesor, al que recuerdo con mucho cariño, pero no recuerdo su nombre, era el de Física y Química. Creo que su apellido era Ortiz. Era un tío estupendo, sus clases eran una maravilla y yo procuraba no faltar nunca. Por primera vez oí hablar de Bhor; de Max Planck, de Pauli, de átomos, de Física Cuántica, de Energía y de Relatividad… era un buen hombre enamorado de su asignatura y un magnífico profesor. Aprendí mucho de sus clases.
Otro profesor, el de Biología, era bajito y gracioso, muy nervioso. Una tarde a Antonio Cuesta y a mi se nos fue un poco la mano con las copas de Terry y entramos a media clase muertos de risa y casi cayéndonos… el buen hombre no dijo ni pio.
En Diciembre pasó lo que tenía que pasar. La profesora de Inglés le dijo a don José Olivares que un alumno suyo no aparecía por la clase ni un solo día… ¡que no me conocía vamos! Otros profesores se quejaron de mis faltas a clase y de mi comportamiento…
Ocurrió una inesperada casualidad. Me explico: mi padre nunca cogía el teléfono de mi casa, nunca. Siempre lo cogía mi madre o mi tata o mis hermanas… pero mi padre nunca cogía el teléfono, pasaba de él… hasta que se ocurrió llamar a mi casa a don José Olivares una buena mañana del mes de Diciembre…
Cuando llegué a mi casa me encontré a mi madre hecha una fiera, me contó que don José Olivares le dijo a mi padre que yo no aparecía por la mitad de las clases y que ni siquiera me presentaba a los exámenes de algunas asignaturas. Mi padre estaba que echaba chispas y que lo mejor era que me quitara de en medio unos días antes de que mi padre volviera por la tarde. Dicho y hecho: una maleta rápida y el Talgo a Madrid a casa de mi tía Delia (hermana de mi madre) hasta que pasara el chaparrón.
Lo siento mucho, pero en Madrid me lo pasé estupendamente saliendo con mi prima Delia y sus pandilla: María Menchaca, las Utrera, Quique León y otros mucho… vísperas de Navidad, en Madrid, fiestas casi a diario… Un día mi prima me peinó para atrás todo el pelo, aguantandolo con fijador… y hasta hoy (¡pero ya sin fijador, eh!)
Ya llevaba más de una semana en los madriles cuando hablé con mi padre por teléfono y le dije que estaba muy arrepentido de lo que había hecho. Esa misma noche (sería el 22 o 23 de diciembre) me montó mi tío Jaime de Toro en un tren nocturno que salía de Atocha a las once de la noche.
Mi billete era de butaca. Cuando llegué a mi vagón, estaba ocupado al completo por una familia gitana llena de niños y abuelos. En mi asiento dormía placidamente un bebé. Por supuesto le di las buenas noches a la familia y me fui al pasillo a mirar por la ventana. Me quedaban ocho o nueve horas de frío e incómodo viaje hasta Sevilla. Soldados de uniforme a mi lado. Escucho: “ahora, cuando pase el revisor, nos vamos a primera, al pasillo, que hay calefacción…” Yo me quedé con la copla, pegué la hebra con ellos y, llegado el momento, me uní al grupo de soldadesca. Efectivamente en primera el pasillo estaba enmoquetado y los radiadores desprendían un calorcito adormecedor… En una estación salió un pasajero de una de las literas con su maletón y yo, ni corto ni perezoso, me encalomé en su litera hasta Sevilla, estación de Córdoba, ocho de la mañana.

PD: Me doy cuenta cuando escribo estos recuerdos de lo irresponsable e inmaduro que era entonces. Reconozco que he sido un chaval inmaduro e insensato, pero supongo que eran las circunstancias que me tocaron vivir. Yo, ahora, comprendo que le hice perder a mis padres el dinero y la paciencia, que no fui un buen ejemplo para mis hermanos, que no valoraba entonces lo importante que es un año de vida desaprovechado… pero quizá esas experiencias que entonces viví a mi infantil manera, me han hecho ser quien hoy soy… y por eso soy comprensivo con muchos jóvenes cuando veo que se divierten sanamente y son felices uno o dos años de su vida, aunque dejen de lado un poco los estudios. Es importante ser tolerantes y predicar con el ejemplo. Siempre conceder una segunda oportunidad.

Continuare.


6 comentarios:

  1. Anónimo9/2/12 21:00

    Estupendo artículo Celso.-

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  2. Anónimo9/2/12 21:18

    Para mi siempre has sido un magnífico ejemplo, te quiere tu hermana, ésta que lo es, Lourdes.-

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  3. Pues todo eso que ganaste. Si después te hubieses quedado enganchado malo, pero despertando del "sueño" y madurando un poco más tarde no tiene la menos importancia.
    Te felicito y envidio, yo decidí a las bravas no estudiar y ponerme a trabajar y me perdí gran parte de mi juventud.
    Un abrazo

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  4. MªPaz Ramírez10/2/12 12:48

    Tenías 17 años y lo hacías de una forma sana, no te metías con nadie e irritabas de vez en cuando a tus padres.. y quien no ha hecho eso alguna vez? si no lo haces con 17 no lo haces nunca. Y creo que esas historias, como bien dices, han hecho de ti el hombre que hoy eres. Un abrazo familia

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  5. !!Qué buenos con nosotros siempre tía Delia y tío Jaime de Toro, siempre ayudándonos!!. En otra ocasión también me fuí a su casa de Madrid para recuperarme de un desengaño amoroso en la primera juventud.
    Me recuperé rápidamente y lo pasé muy bien. Un beso para mis queridos tíos y todos los primos y primas de Madrid, tan buenos y tan cariñosos.-
    Londres.-

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