Casos Clínicos

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Sevilla, Huelva, El Rompido, Andaluz.
Licenciado en Medicina y Cirugía. Frustrado Alquimista. Problable Metafísico. El que mejor canta los fandangos muy malamente del mudo. Ronco a compás de Martinete.

El Dolor y La Verdad

En Verdad no hay victimas si no hay daños. Y el daño al parecer no existe sin dolor. A veces se simula el dolor. Aunque yo me ponga una escayola en un brazo o un collarín en el cuello no significa que tenga daño alguno, son solo apariencia para querer engañar o disimular… luego me acuesto tranquilo y duermo como un lirón resacoso. Eso es lo contrario de la verdad,

Otras veces un leve golpe nos produce un dolor lacerante agudo que nos achanta y nos deja inválidos y sin capacidad de reacción. Nos parece mentira que un simple golpe produzca tanto dolor. Sana sanita culito de rana…

Pero otras veces las personas sienten dolor de maneras poco usuales y no lo saben interpretar. Puede ser un dolor como una laceración en el alma, como un llanto de bebé percibido en el subsconsciente que no les deja dormir y les despierta angustiados sudando con frio, como una pesada carga que cada vez desgasta más y más las enredaderas de nuestra capacidad de aguante.

Y pueden pasar años y años sin atrevernos a hablar de ese dolor, de esa Verdad con forma de espina terrible que un funesto día se atragantó en nuestras tragaderas, se incrustó en nuestra piel como una espina de chumbera y nos dejo lastimados en nuestro yo, en nuestra autoestima, en nuestras creencias religiosas o éticas, en nuestra confianza en la humanidad, desatornillando muchos conceptos que ya creíamos firmes en nuestras bases morales y sociales…

La compleja vida interior de cada uno de nosotros es sagrada y debe ser preservada. Solo nosotros mismos debemos tener la llaves de nuestros recelos, miedos, amores, erotismo, sexualidad, empatía, etcétera, sentimientos generadores  de emociones que producen en nuestro ánimo unas manifestaciones de alegría, de placer, de dudas, de temores, o de ansiedad.

Cuando sufrimos esta sensación persistente de angustia en momentos difíciles de nuestra vida cuesta compartirla y solo nos atrevemos a hacerlo -a entregar nuestras llaves- con nuestras personas mas queridas. En la niñez y pubertad han de ser los padres los que detecten esta angustia, en la juventud y adolescencia además de los padres los educadores y “solo” nuestros íntimos mas amigos. Con el paso de los años vamos intentando madurar  y conseguir llevar a buen puerto todas nuestras derivas de rumbo en estos asuntos, ya sean los conflictos no resueltos o aquellas circunstancias que van sucediendo y afectando a nuestras vidas en la relación con nosotros mismos (resiliencia) o con las personas con las que debemos convivir.

Todos estamos expuestos a sufrir alteraciones de nuestro estado de ánimo, ya sea cuando se inicia el periodo de  asumir responsabilidades, o al tener que tomar decisiones importantes, elegir cara o cruz en un si o no inmediato cuando has tenido ya suficiente tiempo para reflexionar pero no has sabido o querido hacerlo,  en nuestra vida matrimonial, conflictos, separaciones, soledades y otros poemas…

Para ayudar en estos estos asuntos y otros muchos similares estamos los médicos que ejercemos la Medina Psicosomática. Y los Psicólogos. Y los Psiquiatras.

Por eso somos nosotros los que tenemos la enorme responsabilidad de tratar a los pacientes con dolor psicosomático, pacientes con patologías diversas unas banales y otras más graves, que acuden a nosotros esperando conseguir un rayo de luz en sus vidas, ya sean unas palabras de salvífica comprensión, un espacio de relajación como ínfimo bálsamo para su alma dolorida, o bien unas pastillas mágicas para su angustia crónica, y siempre al final una palabra mágica en forma de diagnostico y un tratamiento acorde y conforme a su patología… Los médicos tenemos el deber y la obligación científica y humana de proporcionar a los pacientes que acuden a nosotros toda nuestra ciencia, humanidad, bondad y sinceridad. Y Verdad. Lo demás es desprestigiar a la Ciencia y a la Medicina.

Desde hace unos días sigo por la prensa y los medios de comunicación ademas de las redes sociales, que un colega -conocido Psiquiatra en Sevilla- está siendo cuestionado por sus pacientes. Así se deduce mala praxis y otros delitos más graves como parecen indicar las pruebas que se van acumulando con testimonios de personas -al parecer antiguos pacientes de su consulta privada- que están preparando una denuncia contra el y que coinciden en El Dolor causado. Y se autodenominan “víctimas”. Si hay victimas es que ha habido daños. Es decir : "algo" se estaba o está haciendo mal. Alguien está haciendo o estaba haciendo algo indebido. O las denuncias de todas y cada una de las “victimas” son falsas o el médico no ha actuado conforme al Código Deontológico, pero con la debida presunción de inocencia siempre por delante. Es justo y necesario.

Solo hay dos maneras de averiguar La Verdad:

1. En el supuesto caso que se produzca una denuncia. La Justicia Humana de Fiscales y Jueces; abogados acusadores contra defensores; querellas y acusaciones de personas que contradicen a otras personas y aportan pruebas periciales que serán admitidas o no depende de miles de factores inverosímiles y que a lo peor nunca sabremos quien dice la verdad y quien miente porque en estos casos parece que vale mas la apariencia que la realidad. La realidad será siempre versionada dependiendo del punto de vista de quien nos la cuente. Pero los hechos que hayan ocurrido y como hayan sucedido siguen siendo inmutables. ¿Verdad?

2. La Ley de Dios – solo para creyentes, algo que además se pone en duda en este caso…- y las Leyes de la religión Católica Apostólica y Romana. Un feligrés acusado de tales delitos, si es inocente ha de tener fe y confiar en la resolución favorables del caso poniendo su Verdad en manos de Dios. Pero si de verdad cree en Dios y es culpable… entonces tan solo tiene que arrepentirse y mostrar dolor de los pecados cometidos, tener propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la Penitencia… y aceptar que esta penitencia sea confesar públicamente sus faltas y pedir perdón a las víctimas.

Si bien, para los que no sean creyentes… este segundo punto es una gilipoyada.



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