Casos Clínicos

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Sevilla, Huelva, El Rompido, Andaluz.
Licenciado en Medicina y Cirugía. Frustrado Alquimista. Problable Metafísico. El que mejor canta los fandangos muy malamente del mudo. Ronco a compás de Martinete.

Personas Tóxicas

Declaro claramente que no me gustan las personas tóxicas. Me he dado cuenta que soy alérgico a ellas. Su cercanía me produce una reacción que me perturba el ánimo y me aturde las entendederas del sentido. Tengo que hacer un esfuerzo para no salir corriendo cuando me topo con uno o -si me atrapan y debo sufrirlos- para no mandarlos directamente a la venta del nabo.

A veces soy yo el que los busca inocentemente pensando que han cambiado y que me van a transmitir buen rollo, alegría, positividad y amistad, pero lo que me encuentro otra vez es falsedad, mala educación, egoísmo…

Por eso quiero declarar mi absoluta falta de empatía con estas personas que van por la vida sembrando incomodidades por donde pasan, no solo ya a las personas de su entorno cercano con las que conviven (rayando a veces en el maltrato psicológico) sino también a sus propios hermanos y a sus amigos cercanos. Y me refiero a incomodidades que no aportan nada positivo, no constructivas, no ejemplares, me refiero a la mala baba, a la guasa, a la soberbia, a la vanidad, a los celos injustificados, a la envidia insana… No me gustan, no.

Me gustan las personas claras de mirada limpia, no atravesada, los que abrazan con cariño no con desdén, los que miran a los ojos mientras ofrecen la mano abierta como señal de paz y tranquilidad, los que un saludo lo convierten en una demostración de educación, de respeto, de cariño, no en un gesto obligado y desangelado, como si estuvieran haciendo un esfuerzo.

Me gustan los que saben escuchar y no los que les gusta escucharse, me gustan las personas que aportan serenidad con su presencia no las que disfrutan con la intranquilidad de los demás, me gustan los hablan con sensatez aunque digan pocas palabras al día, no los parlanchines vacíos de contenido que dan un discurso por cojones cada vez que pueden. No me gustan los falsos profetas de la modernidad, prefiero la letra de un fandango cabal que una retahíla de versos sin final.

Me caen bien los que tienen cara de inocentes, los desconocidos que se cruzan conmigo por la calle y van absortos en sus cosas, los que se toman la vida con filosofía, los confiados, los alegres, los educados, los limpios aunque tengan mal aspecto, los soñadores, los ilusos, los jóvenes, los viejos, los medianos de edad, los altos y los bajos, los perdedores sin ira, los que saben ganar sin humillar ni humillarse, los poetas desconocidos, los que leen para aprender no para epatar, los que saben escuchar, los que no saben cantar pero cantan sin parar por el gusto de cantar, los que saben cantar y lo dan a los demás, los estrafalarios, los que se fuman un cigarrito al sol sin molestar a nadie, los que se conforman con un botellín aunque no esté helado, los que prefieren las tapas a las raciones, los bares a los tres tenedores, los que duermen la siesta a pierna suelta, los que sueñan dormidos y despiertos, los que usan esquijama, los que van con sus hijos al futbol todos los domingos, los béticos y los sevillistas antiguos que -como a mi- les importa un pito Cristiano, Messi y otros franquiciados.

Me gustan los que van al cine todas las semanas a ver películas malas, los que leen solitarios en los parques, los que salen a caminar por prescripción facultativa con chaqueta, corbata y zapatos cómodos, los que se toman su copita a la una, los antiguos, los albañiles de los andamios que dicen piropos con gracia, los que tienen age, los tímidos, los que de vez en cuando me llaman para decirme que me quieren…

Me gustan los abuelos que juegan con sus nietos y nietas.

Me gusta como son mis hijos Ana y Celso, con ellos me encuentro seguro y feliz.

Me gusta mi mujer. ¿Qué más se puede pedir?


Por eso escribo esto.

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